Peter Sagan, un ciclista irrepetible

Pareciera que en las dos temporadas anteriores Peter Sagan había contraído esa enfermad que afecta a no pocos corredores, pero especialmente a los del Este. No tiene nombre científico, ni se han realizado análisis concienzudos que razonen los motivos ni la cura, pero ejemplos sobran. Podríamos citar los casos de Popovych, Petrov, Kreuziger, Matej Mohoric, Peter Velits, Sergei Lagutin, Dmytro Grabovsky, Konstantin Sivtsou, Uwe Ampler, Joachim Halupczok, Lech Piasecki, Serguei Soukorouchenkov, por citar los más llamativos. Todos esos corredores fueron o bien Campeones del Mundo en el campo aficionado o destacaron de tal manera que se pronosticó que serían grandísimos campeones también en el campo profesional. Ninguno lo consiguió pese a tener unos comienzos muy prometedores. Fueron mejores hasta los 23 años, que en los años posteriores.

Peter Sagan estuvo a punto de tener el mismo problema, pero seguramente por motivos diferentes. Siempre se ha pensado que el problema de los corredores del Este ha sido el sistema de preparación de la época comunista, enfocado a lograr el mejor rendimiento en edades tempranas con sus selecciones estatales sin pensar en el profesionalismo o a largo plazo. Dicho de forma común “quemaban” a sus corredores. Sagan ha podido estar quemado pero no físicamente, si no mentalmente. Es probable que sufriera una especie de “burnout”, un cansancio excesivo por estar desbordado por las expectativas que levantó nada más pasar al campo profesional. O por las prisas en llegar a la cima. Con 20 añitos ya había ganado dos etapas de la París-Niza, otras dos en California y otra en Romandía; con 21 tres etapas en la Vuelta a España; con 22 tres del Tour de Francia y 16 victorias, y 6 más, 22 victorias con 23 años en 2013. Aunque no había ganado aún ningún Monumento, ya había subido a los podiums de la Milán-San Remo y Tour de Flandres. Era el nuevo juguete del ciclismo, pero estuvo a punto de romperse en la temporada 2014.


Todo hacía indicar que sería su temporada mágica. Más maduro físicamente, con más experiencia y todo un equipo a sus espaldas, ganar sería como coser y cantar. Es lo que ocurre cuando las cosas se hacen con demasiada facilidad o se hacen previsiones con ecuaciones matemáticas. El rendimiento humano es mucho más complejo que todo eso. No hubo ninguna victoria en el Tour Francia, ninguna gran clásica (ni tan siquiera un podium en los Monumentos). Solo 7 victorias. Pasó de 22 en 2013, a 7 en 2014 y solo una más en 2015. Pero esa última victoria lograda en la temporada pasada, el Campeonato del Mundo logrado en Estados Unidos, ha supuesto un cambio total. Sagan se quitó un peso de encima y recuperó la confianza que ahora mismo desborda. Volvió a ser el mismo.

Desde la victoria en Flandres, espectacular como casi todas, está ofreciendo una versión mejorada de sí mismo. Ahora si está cumpliendo con lo que se esperaba. Incluso se está superando. Se cree, de nuevo, invencible, está juguetón, y se permite acciones que otros ni siquiera llegan a imaginar. Tiene licencia y margen para todo. Como en California que se permitió escaparse a 60 kilómetros de la meta cuando iba escapado junto con otros cuatro corredores y ser segundo al esprint al poco de ser atrapado. O como ayer en Suiza, donde ofreció una auténtica obra de arte. Fue una exhibición física, técnica y táctica. Física porque dejó de rueda a todos los adversarios atacando desde la cabeza, a la vista de todo el mundo, sin secretos. Todo fuerza. Técnica porque bastaron dos-tres curvas para atrapar a Silvan Dillier y Michael Albasini. Sobre suelo mojado muchos ciclistas de deslizan sobre el asfalto; él sobre la bicicleta. Y táctica porque difícilmente se pueden utilizar de manera más eficaz esas virtudes. Su actuación fue perfecta.

Sagan se ha convertido en el ciclista más espectacular del pelotón con una diferencia sideral, una necesidad para este deporte. Se siente feliz, querido, admirado, se está divirtiendo, tiene hambre de victorias, y todo hace indicar que las seguirá cosechando y batiendo records. Pero más allá de la cuantía, con victorias como la del Campeonato del Mundo, la Gante-Wevelgen, el Tour de Flandres o la de ayer Sagan acaba de entrar en otra dimensión. Ya es un ciclista irrepetible.

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