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6ª Etapa

Oscar Freire, el inesperado

Erik Zabel (T-Mobile) debe estar al borde de la desesperación y que a nadie le extrañe si un día de estos, cruzada la línea de meta en segunda posición, en la Vuelta a España o en cualquier otra carrera, rompa su bicicleta sobre la cabeza del ganador. Lleva 14 segundos puestos en esta temporada, y ha sido diez veces tercero. En cambio, tan solo lleva contabilizadas seis victorias, un bagaje escaso para un hombre acostumbrado a superar ampliamente la docena de victorias e incluso la veintena, logró que cosechó en las temporadas 2000 y 2001. Ayer, en la meta de Castellón volvió a obtener la peor clasificación para un esprinter, fue segundo detrás de Freire.

Perfil de la sexta etapa

Hay esprinters en el pelotón que al margen de sus cualidades físicas, rápidos, potentes, resistentes o explosivos, tienen estilos, actitudes o filosofías totalmente diferentes. Los hay elegantes como Alessandro Petacchi o Mario Cipollini, a los que les gustan los esprints limpios, en largas rectas, sin curvas, con suelo seco, buen piso, sin nadie que les moleste a los dados y que siempre pretenden viajar con billete de primera clase en cabeza del pelotón, algo por lo que tienen que morir sus compañeros de equipo.

Hay otros, como los veteranos Jann Kirsipuu o Tom Steels, que son más brutos, pura fuerza, capaces de sobreponerse a todos los obstáculos a base de golpes de pedal parecidos a los de un martillo eléctrico. Los hay también marrulleros, como los australianos Baden Cooke o Robbie Mcewen, corredores que encuentran su hábitat en el caos. No tienen lanzadores, ni nadie que les guíe en los últimos kilómetros, van de un lado a otro, metiendo el manillar y los codos, la cabeza si hace falta, con tal de colocarse a rueda del esprinter que marca la referencia. Siempre actúan solos y son capaces de cualquier cosa por ganar.

Los hay también conformistas, como Erik Zabel, ciclista ejemplar que cumple con su profesión como pocos. Si Zabel cuenta con compañeros para trabajar, no duda un ápice para ponerse a tirar del pelotón, es el prototipo de ciclista alemán, extremadamente disciplinado. Se ha entregado tanto a su trabajo, que por querer abarcar otras disciplinas fuera del esprint, las clásicas de la Copa del Mundo sobre todo, donde ya ha logrado 8 victorias parciales, cuatro de ellas en la Milán-San Remo y una clasificación General de dicha competición, ha perdido velocidad en beneficio de la resistencia, algo que permite llegar a donde antes no llegaba, pero que, por otra parte, le impide ganar como lo hacía unos años atrás.

Y hay otros esprintes que son imprevisibles, porque son capaces de batir a cualquiera en cualquier circunstancia, y otras veces, de desaparecer ante el menor problema. A esa clase de esprinters pertenece Oscar Freire (Rabobank). De Freire no se puede esperar nada, porque cuando algo grande se espera de él, es probable que no rinda a su altura. Le ha ocurrido en diferentes pruebas de la Copa del Mundo y el último ejemplo es el Campeonato de Zurich, en la que ocupó una discreta novena plaza en un esprint, que a priori, era ideal para él.

Sin embargo cuando todo el mundo lo ignora, surge de la nada. Ocurrió por primera vez en el Campeonato del Mundo de Verona, Italia, en 1999. Había corrido tan sólo once carreras, once. Su contrato expiraba ese mismo año y no tenía apenas ninguna oferta para seguir en el pelotón, se había pasado el año en blanco por unos problemas físicos y tampoco había demostrado gran cosa en sus dos primeros años de profesional: una victoria en una etapa de la Vuelta a Castilla-León, y otros puestos de honor que pasaron desapercibidos para la gran mayoría. Pero afortunadamente para él, y para el ciclismo español, Paco Antequera, seleccionador nacional que tuvo que sufrir más de una crítica por haberlo seleccionado, confió incomprensiblemente en Oscar Freire, un auténtico desconocido a nivel internacional que sorprendió en la recta de llegada a hombres tan ilustres como Jan Ullrich, vencedor de la Vuelta a España pocos días antes, Franck Vandenbroucke, ganador de las clásica Liege-Bastogne-Liege (Copa del Mundo) y de dos etapas en la Vuelta a España ofreciendo exhibiciones de las que hacen historia, o el veterano ruso Dimitri Konyshev.

Lo ha hecho en más ocasiones, aunque ninguna de ellas ha tenido la misma repercusión. Lo hizo en el Campeonato del Mundo de Lisboa, Portugal, en 2001, cuando superó en el último instante a Paolo Bettini, que a poco le da un ataque de histeria al ver que perdió el Oro en el último metro. Le ocurrió al gran Mario Cipollini, que hizo un ridículo espantoso cuando tan alto como ancho estaba celebrando con los brazos levantados la última etapa de la Tirreno-Adriático de 2003, y por debajo del sobaco le sobrepasó Freire. Fue una de las mayores humillaciones que sufrió uno de los mejores esprinters de todos los tiempos. Y lo ha padecido Erik Zabel en la Milán-San Remo de este mismo año, que al igual que Cipollini levantó los brazos para dejar paso a un Freire que apareció de la sombra del alemán. Y lo volvió hacer ayer, aunque esta vez, con el peligro de que Zabel le rompiera su bicicleta en la cabeza.

Acceso a la Clasificación de la etapa

Acceso a la Clasificación General

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