Alberto Contador, un homenaje al ciclismo

En la que probablemente sea su último año, Alberto Contador está honrando a su deporte y a su figura con actuaciones tan soberbias que pueden quedar para la memoria por encima, incluso, de alguna de sus victorias.

 

No fue la primera vez que se vio a Alberto Contador yendo a por la victoria enrabietado como un animal herido en el fragor de la caza, y confiemos que no sea la última, pero la propuesta de gran ciclismo que hizo en la última etapa de la París-Niza recordó a otras hazañas en las que también fue protagonista. Sin ir más lejos, el año anterior y el mismo lugar fueron escenarios de lujo del arrojo y la perseverancia del corredor madrileño, por no hablar de la trifulca que montó el año pasado en la Vuelta a España camino de Formigal, o aquella de Fuente Dé en la que elevó al ciclismo a la cumbre donde solo habitan los grandísimos campeones, y otras del Tour de Francia o Tirreno que también se podrían apuntar. Por lo visto, es cuando se ve contra las cuerdas cuando saca a relucir todas sus cualidades, que, aún, son muchas.

El ciclismo es un mal deporte para los escasamente dotados, porque el resultado final se basa, sobre todo, en la capacidad física. Gracias a ese talento Contador se ha hecho con un palmarés que le permiten ser uno de los más grandes de la historia superado sólo por Eddy Merckx y Bernard Hinault, en lo que a grandes vueltas se refiere. Cuando su aptitud para la escalada parecía infinita y su forma de contrarrelojear era equiparable a los mejores especialistas, sus victorias se basaban, casi exclusivamente, en su potencial físico. Es el estilo que se ha impuesto desde los 90 y ha aburrido a mucha gente. Control de un equipo y exhibición del líder en el último puerto. Punto.

 

Desde hace un par de años, y aunque él lo niegue, sus datos fisiológicos no son tan extraordinarios y se está viendo que otros corredores más jóvenes están a su altura o algo por encima, por lo que ha tenido que reinventarse. No ha sido una decisión opcional, pero ha sabido sustituir el puro talento físico por otras cualidades no siempre relucientes. Ha reaccionado con inteligencia antes de asumir la sumisión al destino y darse un batacazo mortal. Tiene algo que los jóvenes carecen: casta, experiencia y el ADN de los campeones, un estado natural que le permite estar siempre dispuesto para la batalla y luchar sin desfallecer hasta entregar su última gota de sudor ante empresas imposibles para el resto de los mortales. Lo mismo ataca puerto arriba que abajo, en el llano que en repechos, a 20, 50 o 100 kilómetros. Lo hace cuando nadie se lo espera, o aunque lo intuyan, de la forma en la que sean incapaces de seguirle y que con el apoyo de algún compañero servicial lleva a buen puerto en no pocas ocasiones levantando por el camino a los aficionados que, deslumbrados por la dimensión del espectáculo, se enganchan al televisor frotándose los ojos ante la emoción que trasmite el corredor de Pinto.

Contador ha conseguido tanto en su carrera que ahora se puede permitir el lujo de jugar a ganar sin temor a perder, que es el elemento clave para elevar el nivel del espectáculo. Y aunque no salga victorioso de todos sus envites, la garra y el ahínco que invierte en sus objetivos fructifican en una victoria segura del ciclismo, que es la mayor aportación que puede hacer un ciclista a este deporte. Por todo ello Contador se merece, como ciclista, la admiración de todos los aficionados.

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