Errores que cuestan victorias

Las grandes clásicas piden la perfección a sus ganadores, es la única razón por la que están llenas de grandes corredores. Cualquier error, por pequeño que sea, puede dar al traste con un trabajo realizado casi a la perfección. Lo sabe muy bien Michael Kwiatkowski, un corredor especialista en sacar provecho de los fallos ajenos y lucir las virtudes propias. Lo hizo en la Milán-San Remo, su segunda gran victoria de la temporada tras la Strade Bianche. Engañó totalmente a Peter Sagan que lanzó el esprint desde muy lejos y fue rematado en el último suspiro. En la Amstel Gold Race se proponía a hacer lo mismo con Philippe Gilbert, al que a punto estuvo también de ganar. Utilizó la misma estrategia que en la Milán-San Remo. Se rezagó unos metros, por dos motivos. Uno provocar el lanzamiento lejano del esprint por parte del adversario o en caso de tener que lanzarlo él, obtener una velocidad superior al contrincante cuando estuvieran a la par.

Philipe Gilbert no picó como Peter Sagan (seguramente la victoria en el Tour de Flandes le da la suficiente tranquilidad para no cometer errores), y por tanto, el esprint lo tuvo que lanzar el propio Kwiatkowski que en un principio rebasó con mucha facilidad a su oponente. Pero cuando se realizan 261 kilómetros a todo trapo, cuando las fuerzas se cuentan por gramos y cuando el esprint no es lanzado sino que parte casi de parado, 20 segundos de esprint son una eternidad. No hay piernas que soporten eso. Kwiatkowski se dio de bruces contra el aire que pegaba de cara, una pared. Sería interesante ver la curva de su potencia, cómo cae de forma estrepitosa a los 10 segundos, cuando desde mucho más atrás, Gilbert, aprovechando su rebufo, sin tanta fuerza pero más sostenida, le superó para ganar por cuarta vez una carrera que resultó una exquisitez. (ver video)

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