Cambio de tercio

Con el Giro de Italia recién finalizado y con el Tour de Francia en un horizonte ya cercano, la Dauphiné, y también la Vuelta a Suiza pero en menor medida, se presenta una vez más, como un punto de inflexión para determinar lo que puede acontecer en el mes de julio en las carreteras francesas. El Giro de Italia ha dejado, otra vez, un sabor de boca exquisito por todo lo que ha ofrecido, sobre todo un ganador inesperado que ha sometido a todos en la montaña, lugar de preferencia para las mejores gestas.

Carapaz ganador del Giro de Italia 2019

Ni en la salida de Bolonia, ni cuando ganó en Frascati se le tomó en consideración a Carapaz, el ecuatoriano seguía siendo solo un socio preferente de Mikel Landa para la montaña, un humilde ciclista que se había apresurado a aprovechar su libertad antes de someterse al teórico liderazgo del corredor vasco. Pero una vez más se ha demostrado que el único juez que ejecuta con precisión y objetividad el estatus que corresponde a cada corredor es la carretera. En ese aspecto no ha habido lugar a dudas. Carapaz fue el mejor en las dos primeras etapas decisivas de montaña: en Ceresole Reale realizó la subida más rápida, y al día siguiente, en Courmayeur, volvió a dar otra exhibición de rendimiento pero también de juego estratégico, por haberse anticipado con una ataque lejano que dejó perplejos a sus adversarios y confusos para reaccionar a tiempo. A partir de ese momento corrió con menos agresividad, pero siempre seguro y sin ningún altibajo, una excepción que recompensó la clasificación por encima de la expectativas más positivas. Su superioridad en montaña ha sido de tal calibre que ha sido más decisivo que la lucha contra el crono.

López, uno de los corredores más ofensivos en el Giro

Además de un ganador inesperado, el Giro ha ofrecido unas propuestas que poco a poco comienzan a dejar un poso importante que debería servir de base para un futuro mejor. Claramente, ha habido un incremento de actitudes ofensivas tanto particulares como por equipos. Se han intentando estrategias que parecían prohibidas o habían caído en desuso por la inviabilidad de quebrantar el ritmo asfixiante que son capaces de imponer algunos equipos, o quizás sería más justo hablar en singular. Se han presenciado ataques a 15 kilómetros, a 35 y a 100 de meta, algo impensable en otras carreras prisioneras de un dominio aplastante. Ha sido un ciclismo de campeones, no de gregarios, dicho con todo el respeto del mundo. Se ha pretendido crear ciclismo, se ha actuado con osadía, vigor y decisión, se ha procurado inventar cosas para intentar volcar la clasificación, e incluso ha habido momentos en que la defensa del liderato ha pasado por episodios de ataque sin llegar nunca a contradecir una buena armonía de equipo. Si no ha sido posible desbancar a Carapaz del primer puesto ha sido por falta de fuerza, no por una carencia de imaginación.

El equipo Ineos en la Dauphiné

En mi opinión todo eso ha sido posible porque no ha existido una supremacía insultante por parte de ningún aspirante, y lo más importante, de ningún equipo. Todas las jerarquías eran discutibles y todos osaban aspirar al rango más elevado, soñaban con ello y luchaban por el objetivo. Hasta el final nadie asumió el orden establecido por la clasificación, algo que puede cambiar de forma radical a partir de ahora cuando entre en escena el mejor equipo del Mundo en pruebas por etapas, el Ineos. Sin tener toda su artillería presente, la alineación de la Dauphiné da miedo, algo que incluso mejorarán de cara al Tour de Francia con la inclusión de Geraint Thomas, el ganador del año pasado, Egan Bernal, Luke Rowe o Jonathan Castroviejo. Es un equipo que no presenta ninguna grieta, tan potente que se puede permitir el lujo de controlar todo a su antojo hasta que su líder decida marcar la diferencia, que casi nunca (a excepción del Giro del año pasado) es superior a los cinco kilómetros finales. Si tienes al corredor que te permite hacer eso, es la forma más sencilla y efectiva de garantizar la victoria, una formula que parece patentada por ellos desde su victoria con Wiggins. Desde ese punto de vista no cabe reprochar nada al equipo que más se acerca a la excelencia, al equipo más minucioso en el trabajo que ha provocado que todos hayan tenido que elevar un grado el afán por el perfeccionamiento. Su forma de proceder es tan legítima como cualquier otra, de hecho casi todos intentan imitar el mismo esquema, pero es aburrido por previsible, no requiere ni improvisación ni imaginación, es casi tan sencillo como una suma matemática, pero que exige tener el factor definitivo, al ganador.

 

Solo hay dos formas de evitar terminar hastiados por esa forma de actuación:  que el corredor más fuerte sea un adversario, porque por mucho que controle un equipo el elemento determinante es el individuo; y, otra, mucho más difícil de lograr, que la reglamentación de la UCI no permita unas diferencias tan acusadas entre los equipos, algo que, de tener verdadero interés por el asunto, se podría lograr limitando, por arriba y por abajo, y equilibrando los presupuestos de los equipos para garantizar una lucha mucho más igualitaria de la que seguramente vayamos a ver en el Tour de Francia. Será el momento de echar de menos lo vivido en el Giro de Italia.

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