Greg Lemond, la decepción

He de confesar que Greg Lemond ha sido el único ídolo que he tenido en el ciclismo. Veía en él todo lo que quería para mi y merced a esa ceguera que caracteriza a la adolescencia también le atribuía virtudes que seguramente sólo existían en mi mente. Me parecía el ciclista perfecto, capaz de ganar cualquier carrera que se propusiera y con una filosofía de afrontar el ciclismo y la vida que no transmitían los ciclistas de la vieja Europa. Tenía algo especial y singular que lo hacía único.

En mi época de Junior y Amateur intentaba imitarle en todo lo que podía, que no era otra cosa que en lo material. Llevaba sus mismos pedales, su casco, imitaba su postura, en la pedalada metía el talón como lo hacía él imaginando poder trasmitir la misma fuerza con la que destacaba el americano, colocaba el manillar de triatleta y me escondía tras él creyendo que batiría a mis contrincantes como él lo hizo con Laurent Fignon en el Tour de Francia del 89. De profesional, tuve el honor de dar mis primeras pedaladas oficiales junto a él en el G.P. Ouverture La Marseillaise y si el polvo y el tiempo no lo han borrado debe haber una portada de un periódico local en alguna caja de mi garaje en la que aparezco junto a él. Los que no tenemos victorias que contar, ocultamos esos pequeños orgullos en nuestra memoria.

Compartimos año de retirada (1994), él porque quiso y yo obligado por mi corazón, que comenzó, de repente, a palpitar como le venía en gana, seguramente cansado por las exigencias a las que lo sometía . Tuve la oportunidad de saludarlo en persona en un par de ocasiones que colaboré con el Tour de Francia como speaker sin que él nunca supiera la emoción que suponía, aún entonces, en mi interior. Pero ese sentimiento ha cambiado por completo en los últimos años; me ha defraudado, y ahora cada vez que abre la boca no siento más que decepción.

 

Hay que reconocerle haber sido uno de los primeros en poner en tela de juicio las victorias de Lance Armstrong. Tuvo las agallas de enfrentarse a su compatriota cuando más poder atesoraba y su presión fue importante para que se conociera la verdad. Esa labor que ejerció de fiscal cuenta en su haber, pero cuando uno habla en nombre del ciclismo y se erige en salvador del mismo como lo ha hecho él, no basta con obsesionarse con una sola persona, (que según cuenta Johan Bruyneel en esta entrevista la razón de su obsesión no es más que económica), hay que contar toda la verdad y aportar pruebas. De poco sirve criticar por criticar, porque si no cualquiera podría apuntar, y sin mentir, pero también sin pruebas, que muchos corredores de su época acudían a corredores españoles en busca de anfetaminas que en España se conseguían con mucha más facilidad y las intercambiaban por corticoides casi inaccesibles para los corredores españoles. Eso lo puede contar cualquier ciclista de su época que quiera desvelar aquella realidad. Eso y otras muchas más cosas como que los controles eran un coladero de trampas en los que, en ocasiones, la muestra analizada no correspondía al corredor en cuestión sino al director o algún mecánico que se atreviera a ofrecer la suya (también hubo, según cuentan, positivos en esos casos!!!), o de corredores, que yendo escapados se dejaban atrapar porque sabían que si ganaban tendrían que pasar control y hubieran dado positivo. Todas esas historias pertenecen a los años de Lemond y anteriores, pero por lo visto, él tiene muy poco interés en descubrirlo, le es mucho más rentable seguir en la caza de brujas de los motores ocultos y asociarse con personajes tan dudosos como el ingeniero húngaro Istvan Varjas, sosteniendo, en mi opinión, argumentos de muy poco peso.

Teniendo en cuenta el pasado que tiene el ciclismo tampoco conviene menospreciar ninguna sospecha y habrá que estar atentos y averiguar y perseguir todo lo que sea posible y cualquier dato que sirva para esclarecer la verdad será bienvenida y si Lemond tiene algo que aportar al respecto le aplaudiré con toda sinceridad. Si, en cambio, decide seguir por el camino del sensacionalismo que ha emprendido, repitiéndose sobre supuestas tramas que no se sustentan en ningún razonamiento decente, acabará como el típico abuelo campeón que lo único que se cree son sus propias mentiras.

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