La piedra de Valverde

Dicho con todo el respeto del mundo Alejandro Valverde padece una miopía que no parece tener solución. Tropieza una y otra vez en la misma piedra con unas consecuencias nefastas para sus intereses y el de su equipo. Es algo que se ha repetido desde sus inicios y con 28 años no parece que vaya a aprender la lección. Comete errores de bulto que un ciclista de su categoría no se puede permitir. Su curriculum de desaciertos es casi tan extenso como su brillante palmarés.

Podríamos extendernos en los numerosos ejemplos de sus descalabros, pero tampoco es cuestión de meter el dedo en la llaga. Tan sólo citaré los disparates que cometió ayer camino de Suances. El primero, por supuesto, fue su falta de atención y colocación en el pelotón en un momento tan delicado como una bajada de un puerto con el asfalto no en muy buenas condiciones y con un diluvio monumental. El segundo, también grave, haber roto la coordinación de su equipo en un repecho aumentando el ritmo de forma espectacular. Eliminó a todo su equipo en cuatro pedaladas. Tercero, en mi opinión su equipo tardó demasiado tiempo en hacer esperar a David Arroyo, el único del Caisse D’Epargne que iba en el grupo de cabeza. Arroyo ni tenía posibilidades de victoria ni nada que defender en la general, era el 16º. Y para redondear la jornada una vez que se reincorporaron sus compañeros, Valverde dejó de dar relevos. Incomprensible.

Yo creo que el origen de esa deficiencia radica en su extraordinario potencial físico. Ganar ha sido algo natural para Valverde. Siempre se ha basado en su fuerza, sin necesidad de administrarla de una forma lógica. Su cuerpo ha sido capaz de maquillar la mayoría de los desajustes que le ha provocado su excitada personalidad. Pero la impaciencia es un mal compañero en las vueltas grandes. Más bien se premia la serenidad y la perseverancia.

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