Frank Vandenbroucke, ha muerto el niño prodigio

He de reconocer que siempre he sentido una admiración especial por Frank Vandenbroucke, a pesar de su extremada insensatez. Además, siempre he esperado con ilusión su vuelta al primer plano, porque, sinceramente, creía que lo lograría. Mi desmesurado entusiasmo por verle, de nuevo, luchando por grandes victorias ha sido fruto de mi ingenuidad.

Es cierto que una vez que en 2001 se derrumbó por el precipicio del doping, donde, se supo tarde, siempre había caminado por el borde del mismo, su recuperación era mucho más complicada que, por difíciles que fueran, las victorias conseguidas durante su extravagante carrera deportiva.

Frank Vandenbroucke ha sido un ciclista de excesos, en lo bueno y en lo malo. Capaz de lo mejor y lo peor. Dotado de unas condiciones físicas que le permitían pisar el olimpo del ciclismo, pero a la vez, arrastrarse por las miserias del ser humano con comportamientos detestables.

No soy psicólogo, ni tengo grandes conocimientos en la materia, pero siempre he pensado que la adolescencia de un deportista prodigio es muy muy complicada, porque se corre el grave riesgo de formarse en una realidad virtual que puede dejar graves consecuencias en cuanto se desvanece. Creo que es el caso de Vandenbroucke. No creo que fuera un mal tipo, sencillamente era una persona sin una personalidad formada en los valores necesarios y fácilmente influenciable. Los excesos de idolatría al que sometieron la prensa y los aficionados le han salido muy caro.

Vandenbrouke no es más que un claro ejemplo de una psicología desequilibrada que se basaba en lo que le aportaba el entorno y una vez que este desapareció se derrumbó porque carecía de una seguridad propia.

De todas formas, siempre recordaré las exhibiciones que ofreció encima de la bicicleta que fueron una autentica exquisitez para el buen gusto.

Descanse en paz.

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