El Giro no es lo que era

Si el Giro hubiera sido lo que era no se hubieran producido todas las caídas que se han producido en la primera etapa. Cierto es que en la primera semana de cualquier vuelta grande suele ser electrizante, con los nervios a flor de piel, con una tensión que castiga a los corredores y con excesivos movimientos en el pelotón que ponen de continuo en peligro la integridad de sus integrantes. Pero el Giro siempre ha sido diferente. Especial. Con una personalidad que marcaban los capos, que ya no existen. La globalización también ha llegado a Italia.

Años atrás estas etapas que están predestinadas a terminar al esprint no tenían casi ni escapadas. Nadie osaba molestar a los capos. Todo el mundo aceptaba el guión. No se podía improvisar. Las salidas eran tranquilas, al tran tran. Hasta que las cámaras de la RAI entraban en directo. Ahí comenzaba la carrera. Los equipos italianos se ponían al frente del pelotón e imprimían una velocidad infernal que nadie podía ni tan siquiera imaginar romper. El esprint estaba cantado. En los kilómetros finales la locomotora del esprinter principal enfilaba el pelotón del tal forma que casi todo el mundo rezaba para que terminara ese infierno. Casi todos llegaban en el mismo puesto. Por supuesto ganaban los mismos. Mario Cipollini durante muchos años. Y más tarde Alessandro Petacchi.

Pero ahora no existen locomotoras. Todos los equipos se han convertido en trenes de alta velocidad que disputan la llegada en condiciones similares. No hay ningún esprinter, a excepción de Mark Cavendish (que no está en el Giro), que tenga la absoluta seguridad de ganar el esprint. Todo el mundo cree que lo puede hacer. Eso incrementa la tensión. La tensión los movimientos bruscos, el nerviosismo. Y la lluvia facilita lo que se repitió ayer una y otra vez: las caídas.

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