Alejandro Valverde o la reencarnación de los dioses

Con el triunfo final en la Vuelta a Andalucía Alejandro Valverde acaba de llegar a su victoria número 100, una cifra solo al alcance de los más grandes y prácticamente imposible para aquellos que no sean esprinters puros. Pero más que la cifra en sí lo verdaderamente extraordinario es la diversidad de sus victorias. Ha ganado en todos los terrenos, en todas las especialidades, de todas formas y ante adversarios de diferentes generaciones.

 

Cualquiera que crea en la reencarnación podrá asegurar con total convencimiento que Alejandro Valverde es el actual Sean Kelly o Laurent Jalabert, tres reflejos idénticos de la misma imagen, unos auténticos dioses del ciclismo. Su progresión en diferentes terrenos, la actitud, profesionalidad, longevidad, sus exhibiciones y la forma de llegar al corazón de los aficionados se parecen como tres gotas de agua. Todos ellos comenzaron siendo esprinters, se suponía, puros, pero su evolución no ha conocido límites llegando incluso a ganar, en los tres casos, una Vuelta a España. Los tres han desarrollado el abanico más amplio que se pueda imaginar, desde el esprint a las generales de las grandes vueltas, pasando por las pequeñas y las clásicas más preciadas. Piensen en una carrera de prestigio, cualquiera, y seguro que los tres figuran en ella. Nada se les ha resistido.

 

Valverde es un ciclista del pasado en la era moderna, uno de los pocos que conjunta lo mejor de ambas épocas. De los únicos que antepone el coraje a la cautela, la corazonada al raciocinio, la improvisación al método, el espectáculo a la victoria. Un chollo para el aficionado y su equipo, una pesadilla para sus contrincantes. Pero también ha evolucionado, más por necesidad que por convicción. Durante muchos años ha estado confiando todo a su capacidad física más bruta, no administraba ninguno de sus otros valores, no le hacía falta, podía solucionar cualquier torpeza (que las ha cometido) gracias a ese don que la naturaleza otorga a unos pocos. No le importaba la distancia, ni el recorrido, ni los enemigos, se bastaba por sí solo, en algunas circunstancias determinadas estaba un punto por encima de todos.

 

Ahora con 36 años la cosa ha cambiado algo, poco, pero algo. Se vio en Andalucía. En la subida a Monachil, no respondió a Contador de inmediato, ni le remachó nada más atraparle como lo hacía en el pasado. Controló los latidos de un corazón bravo y acelerado, calculó su distancia, escogió la intensidad y se marchó hacia una victoria que no llegó en forma solitaria como en la exhibición de Murcia, pero si en un esprint reducido. Fue el resultado de conjuntar fuerza, inteligencia y experiencia.

 

Asegura Txomin Perurena, uno de los pocos ciclistas que también superó las cien victorias, que en su época, los 70, se decía que cualquier gran campeón que se preciara también tenía un positivo en su haber. Valverde, como se sabe, tampoco es una excepción. En su extenso palmarés también figura la indeleble mancha del dopaje. Valverde que debutó en 2002, conoció una de las peores épocas de esa lacra y los hechos indican que ganaría carreras apoyándose en el delito cuando, también ha quedado demostrado, casi todos eran protagonistas de un sistema que estaba podrido por completo y en todas sus áreas. Pero también gana ahora, en un tiempo que poco tiene que ver con el de entonces, lo cual demuestra que ha sabido ajustarse al cambio de los tiempos como no todos lo han conseguido. Porque se puede engañar a unos pocos durante mucho tiempo, o a mucha gente durante un breve periodo, pero nadie consigue engañar a mucha gente durante mucho tiempo. Y como el tiempo es el único juez que sentencia el lugar que le corresponde a uno en la historia, a Valverde lo ha colocado en el olimpo de los dioses.

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