Un ciclismo elogiable

Desconozco lo que va a deparar la temporada cuando lleguen los grandes monumentos y las grandes vueltas, sin duda la referencia de opinión para la mayoría de la gente, pero lo que hemos visto hasta el momento invita al optimismo.

 

Si ya desde el comienzo de temporada estamos disfrutando de un ciclismo ofensivo, abierto de posibilidades, con muchos agentes en juego y un espectáculo digno de alabar, lo visto el fin de semana en la Strade Bianche y en la primera etapa de la París-Niza ha sido realmente elogiable. La prueba del sterrato italiano ha logrado en una década lo que otros muchos no han conseguido en mucho más tiempo. No solo ha llegado al corazón de los corredores, también está presente en la memoria de los aficionados. Cuando los amantes de lo exclusivamente tradicional argumentaban que todo estaba inventado, llegaron los italianos y desde las entrañas de la Toscana se sacaron de la manga una carrera que está resultando espectacular. No sé si la mejor, pero la edición del sábado fue exquisita por muchos motivos.

 

Primero porque los principales protagonistas se involucraron en una lucha directa, sin ninguna intervención por parte de los equipos, que casi siempre están para aguar la fiesta del espectáculo. Segundo porque la disputa comenzó a más de 50 kilómetros para la meta haciendo honor al tramo de sterrado que lleva el nombre de Fabián Cancellara, el único que ha logrado imponerse en tres ocasiones, y por tanto hubo más de una hora de disfrute del ciclismo más apasionado. Y tercero, porque hubo al menos una decena de corredores de diferente origen deportivo en el juego por la victoria, que se decidió en un sin fin de ataques y contra ataques excitante.

Fue agradable ver a jóvenes valores como Tiesj Benoot o Tim Wellens, ofensivo como pocos, convertidos en verdaderas alternativas. O a hombres de grandes vueltas como Tom Dumoulin o Thibaut Pinaut, o ciclistas más modestos como Luke Durbridge o su compañero Juul-Jensen, adquiriendo tintes de liderazgo para luchar cara a cara com hombres tan consagrados en clásicas como Van Avermaet, Stybar o Michal Kwiatkowski, que el ganar por segunda vez le tiene que servir para recuperar la confianza y el estatus que se dejo el año que ganó el maillot arco-iris en Ponferrada. Para mi gusto fue una carrera delicatesen. Quizás lo único que le faltó fue la aportación del gran Peter Sagan, que medio enfermo y fuera de la disputa optó por la retirada.

 

Y algo similar ocurrió en la primera etapa de la París-Niza. Cuando tres-cuatro de los principales favorito (Contador, Porte o Zakarin) pierden alrededor de un minuto en una etapa teóricamente apropiada para el esprint por culpa de falta de colocación en los abanicos y sus potentes equipos no son capaces de resolver el entuerto en una contienda que duró 100 kilómetros, solo se puede hablar de gran ciclismo. Y más si cabe, cuando un equipo que lleva 6 integrantes en el reducido grupo cabecero, incluido su esprinter estrella (Marcel Kittel), y en el mismo viajan hombres como Greipel, Kristoff o Coquard, no son capaces de garantizar el esprint, solo cabe concluir que lo ocurrido ha estado fuera de toda lógica. Y cuando la ruptura de los pronósticos ocurre por motivos exclusivamente deportivos el ciclismo se convierte en un espectáculo sin igual al que lo único que se le puede pedir es que repita actuaciones como las que ha deparado este fin de semana.

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